El Faro (Robert Eggers, 2019)

“Ahab nunca estuvo aquí.”

Me encantó La Bruja. Los retratos grotescos de los personajes, el aislamiento voluntario de la familia, la salvajada del paisaje…Y sobre todo, salí enamorada del uso magistral del sonido, porque a lo que se oye en las historias de Eggers no se puede llamar música. Enamorada de los silencios. 

La historia quedaba enterrada, como si solo fuera una excusa, entre el Surrealismo y el mestizaje de géneros. Un terror extraño, inquietante de puro plano. El Mal con mayúsculas existía en los bosques primordiales de Nueva Inglaterra.

Hawthorne lo sabía. Lovecraft vivió, si leemos entre líneas, aterrorizado por ello. Gran parte del Gótico Americano se centra en usar el paisaje como un personaje más, cosa que Eggers borda. 

El problema que le veo a El Faro no es ese. Ni tampoco la elección de narradores imperfectos para contarnos la historia, en la mejor tradición de Edgar Allan Poe

Ahí estriba, creo, el mayor fallo de la película: Poe no habría tenido ningún problema en cortar, a hachazos si hubiera sido necesario, cuando la narración se hubiera acabado. Y nos habría quedado un Corazon Delator de lo más aparente. Inquietante, paseando a saltos por los límites de la locura, a uno y otro lado. Entre la atracción y la repulsa.

Poe habría sabido cuando acabar

El problema de esta historia es que no sabe qué quiere ser. A la mezcla de géneros, que sigue siendo impecable, se une un batiburrillo de referencias, desde Coleridge hasta Stephen King, pasando por Melville y el ya mencionado Lovecraft, en la primera mitad de la película. 

Referencias que, además de no resolverse, se quedan en copias pálidas del original: una gaviota no es un albatros, y Thomas Wake no es el capitán AhabEl Faro, en fin, no es Moby Dick.

FICHA TÉCNICA